En el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte.
La consagración es entregar toda nuestra vida, todos nuestros actos a Jesús a través de María. “Totus tuus” (totalmente tuyo). Para que Ella nos moldee a la imagen y semejanza de su hijo.
“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cubierto de espinas que los hombres desagradecidos le clavan a cada momento y no hay nadie que se las saque con un acto de reparación”
Consagración no es solamente una oración, o una devoción, sino un compromiso de vivir un estilo de vida que debe nutrirse con una formación continua en las verdades eternas de nuestra fe.
Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae,14).